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Más glaciares, menos hielo: el contraste que revela el retroceso en Chile

Más allá de la transformación del paisaje, especialistas advierten que la disminución de estas reservas naturales podría afectar el abastecimiento hídrico y diversas actividades productivas.

Por Yaritza Contreras

Una de las principales riquezas naturales del país son sus glaciares. El territorio concentra cerca del 80% de la superficie glaciar de la región andina, lo que sitúa a Chile como la nación que tiene mayor extensión de estos ecosistemas en América del Sur. A nivel global, se estima que existen aproximadamente 275 mil, de los cuales 26.169 se encuentran en territorio nacional. 

Dado este escenario, resulta fundamental relevar la importancia que estas formaciones cumplen para la vida. Concentran entre el 70% y el 75% del agua dulce del planeta, recurso del que dependen más de 2.000 millones de personas a nivel mundial. El agua se almacena en forma de nieve y hielo, por lo que estas masas cumplen un rol clave en el abastecimiento de agua potable, el desarrollo de la agricultura, la actividad industrial y la generación de energía limpia.

Sin embargo, el cambio climático ha alterado el ciclo hidrológico, afectando tanto el volumen como la extensión de los glaciares. El aumento sostenido de las temperaturas, junto con la menor precipitación en forma de nieve, ha reducido su capacidad de acumulación y regeneración natural. De mantenerse esta tendencia, se proyecta una disminución en la disponibilidad de agua durante las próximas décadas, especialmente en regiones con marcada estacionalidad o periodos prolongados de sequía.

¿Cómo impacta el retroceso glaciar en Chile?


En el contexto nacional, distintos informes han evidenciado las consecuencias del calentamiento global sobre estas masas de hielo. A fines de 2019, la Comisión de Minería y Energía del Senado de Chile presentó un inventario actualizado para compararlo con el estudio realizado en 2014. El análisis permitió constatar la pérdida de aproximadamente 2.000 km² de superficie, cifra que equivale a cerca de 200 formaciones desaparecidas en ese período.

En 2014 se registraron 24.114 unidades, con una superficie total de 23.641 km². En tanto, el catastro de 2019 contabilizó 25.725, pero con una superficie menor, equivalente a 21.747 km². Si bien la cifra total aumentó, esto no implica una recuperación. La variación responde, en gran medida, a procesos de fragmentación. Donde antes existía una masa de gran tamaño, hoy se identifican varias de menor extensión. Por ello, el incremento en cantidad contrasta con la reducción sostenida de la superficie total.

Este fenómeno también ha sido abordado por Fabrice Lambert, físico, doctor en Física Climática de la Universidad de Berna e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), especialista en glaciares y cambio climático.

En su estudio Communications Earth & Environment, el académico señala que, pese a que entre 2010 y 2019 las precipitaciones en la zona centro-sur disminuyeron un 36%, los caudales de los ríos se mantuvieron en niveles similares a los de años anteriores. Esto se explica porque los glaciares aportaron más agua de lo habitual, lo que implicó una pérdida cercana al 10% de su volumen total en esa década.

A partir de estos antecedentes, el investigador advierte sobre la reducción progresiva y sus proyecciones a largo plazo. Según explica, si se mantienen los actuales niveles de emisión de gases de efecto invernadero, las masas de hielo en Chile podrían perder entre un 50% y un 78% de su volumen hacia el año 2100:

“Entonces eso es la reducción, porque se reduce en el futuro. Eso es porque ahora, mientras que tenemos el retroceso de los glaciares, todavía tenemos mucha agua, pero es como si lo tenemos a crédito. Porque claro que tenemos mucho agua, pero el glaciar se pone más y más y más pequeño y una vez que tienen un tamaño pequeño, simplemente no va a dar mucha agua durante verano”, explicó Lambert.

Este proceso no se relaciona únicamente con una disminución de las precipitaciones en forma de nieve, sino también con el aumento sostenido de las temperaturas, particularmente durante el invierno. En ese contexto, parte de lo que anteriormente caía como nieve hoy se registra como lluvia, lo que reduce la acumulación necesaria para mantener estas reservas de hielo.

Un ejemplo gráfico de este proceso es la serie de imágenes satelitales difundidas por la Agencia Espacial Europea (ESA), que muestran la evolución de las masas de hielo del Parque Nacional Laguna San Rafael, en la Región de Aysén. El registro compara su estado en 1987 y en 2024.

Al analizar las imágenes, se observa un retroceso evidente, con una disminución significativa en la extensión de las masas de hielo, lo que refleja el impacto acumulado de las últimas décadas.

Medidas de protección y desafíos pendientes

Los efectos de este fenómeno no se limitan a la transformación del paisaje, sino que también generan implicancias sociales, económicas y ambientales a mayor escala. La reducción progresiva de estas reservas naturales impacta directamente el consumo humano y el desarrollo productivo. Frente a este escenario, distintos gobiernos han impulsado iniciativas orientadas a la conservación de estos ecosistemas.

En ese marco, en 2022 se creó en Chile el Parque Nacional Glaciares de Santiago, un área protegida que concentra cerca del 56% del agua almacenada en la Región Metropolitana. La medida fue presentada como un avance en materia de protección ambiental y seguridad hídrica, considerando la importancia estratégica de estas reservas para una de las zonas más pobladas del país. Su establecimiento busca fortalecer la conservación de territorios de alta montaña frente a escenarios de mayor variabilidad climática.

El parque abarca el sistema cordillerano ubicado en las cuencas altas de los ríos Olivares y Colorado, junto con sus cuerpos de nieve, considerados reservorios clave para el abastecimiento futuro. Entre sus principales objetivos se encuentra la protección de ecosistemas de alta montaña, que incluyen formaciones de hielo, cursos de agua, flora nativa y fauna propia de estos entornos. 

No obstante, persisten cuestionamientos respecto de si las medidas adoptadas resultan suficientes frente a la magnitud del retroceso observado en las últimas décadas. La evidencia científica advierte que la velocidad de reducción podría superar la capacidad de adaptación institucional si no se fortalecen las acciones de mitigación. Además, el impacto trasciende el ámbito ambiental, ya que la disminución de estas reservas incide en sectores como la agricultura, la generación hidroeléctrica, el turismo, el comercio y el transporte.

En este contexto, la protección de los glaciares deja de ser un debate exclusivamente ambiental para convertirse en un asunto estratégico para la seguridad hídrica del país. Las proyecciones hacia fines de siglo advierten mayor presión sobre los recursos disponibles, especialmente en regiones con marcada estacionalidad. Por ello, fortalecer las políticas de protección resulta clave para enfrentar los efectos del cambio climático y reducir la vulnerabilidad futura.

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