Por Yaritza Contreras
El uso de energías renovables se ha vuelto cada vez más habitual en el mundo. Sin embargo, junto con su expansión, surge el debate de cómo impactan estas infraestructuras en los ecosistemas y en la vida silvestre que los habita.
Una investigación realizada por el Argonne National Laboratory, en Estados Unidos, abordó esta inquietud mediante un monitoreo acústico en instalaciones solares. Los resultados mostraron que la presencia de los fotovoltaicos no solo transforma el paisaje energético, sino que también podría favorecer la proliferación de fauna aérea.
“Los resultados son prometedores porque muestran que aves y murciélagos pueden beneficiarse de diseños solares bien planificados en terrenos previamente alterados”, explicaron los autores del estudio.
Sin embargo, mientras algunos estudios sugieren que estas infraestructuras podrían ofrecer refugio a ciertas especies aéreas, otras advierten riesgos asociados a sobrecalentamiento y alteraciones en el comportamiento de la fauna. A partir de ambas perspectivas, nace la pregunta de si son entonces aliados de la biodiversidad o una amenaza inadvertida.

¿Son acaso los pájaros y los paneles amigos? ¿O es todo lo contrario?
Desde hace más de una década, distintas investigaciones han buscado responder a esta pregunta. A medida que la energía solar se vuelve parte del paisaje cotidiano, también crece la inquietud por su interacción con el entorno natural. En ese escenario, la relación entre ambos ha ganado espacio en la conversación científica.
En primera instancia, este tipo de energía genera efectos positivos. Al no depender de la quema de combustibles fósiles, no contribuye directamente a la emisión de gases de efecto invernadero, uno de los principales impulsores del calentamiento global. De esta forma, su desarrollo favorece un entorno ambiental más estable, lo que impacta tanto en la calidad del aire, como en la conservación de ecosistemas donde conviven flora y fauna.
Al igual que ocurre con canaletas o techumbres, las aves pueden sentirse atraídas por las placas debido al calor que se acumula y a la sensación de resguardo que ofrecen. La escasa presencia de personas también convierte estos espacios en zonas tranquilas, propicias para proteger a sus crías bajo las estructuras.
Paneles hacia los pájaros
No obstante, existen diversas razones por las que no es recomendable que las aves utilicen este sistema como lugar de anidación. En primer lugar, según una investigación de la Universidad Murdoch, su superficie reflectante puede generar confusión visual, especialmente cuando se ubican cerca de masas de agua. Para algunas especies, en particular las acuáticas, el brillo de estas placas puede asemejarse al reflejo del agua en movimiento cuando sobrevuelan la zona.
Esta percepción errónea aumenta el riesgo de descensos bruscos o colisiones, lo que puede traducirse en lesiones y afectar tanto a la fauna aviar como al funcionamiento de la infraestructura. Asimismo, no se recomienda permitir la nidificación debido a los riesgos asociados a las altas temperaturas.
Durante los meses más cálidos, según un artículo de We protect solar, el calor acumulado puede elevar considerablemente la temperatura en el espacio inferior, generando condiciones adversas para los pájaros. En escenarios extremos, estos niveles térmicos pueden resultar perjudiciales e incluso letales para los huevos y los polluelos, afectando su desarrollo.
Los pájaros hacia los paneles
Diversas investigaciones han evidenciado que la presencia de estas criaturas también puede afectar el funcionamiento de los paneles solares. Según el artículo “Análisis experimental sobre los impactos de la deposición de suelo y excrementos de aves en el rendimiento térmico de los paneles fotovoltaicos” (2023), la composición ácida de los excrementos, por ejemplo, puede corroer la superficie de los módulos y acelerar su desgaste, llegando a perder su eficiencia en un 46,42 % y el 89,18%.
Además, afirma que cuando se acumulan, generan una capa que obstruye la captación de radiación solar, disminuyendo la eficiencia energética. Con el tiempo, esta acumulación puede deteriorar los recubrimientos protectores, provocando daños persistentes que reducen su rendimiento y acortan su vida útil.
Por otro lado, algunas pueden picar o enredarse en los cables, causando cortocircuitos o fallos en el sistema. Además, se puede provocar sobrecalentamiento o riesgo de incendio debido a los materiales inflamables con lo que hacen los nidos que se acumulan llegando a obstruir la ventilación como las ramas, hojas y otros desechos.

A ello se suma la acumulación de materiales utilizados para la construcción de nidos, como ramas, hojas y otros desechos. Estos elementos pueden obstruir la ventilación de los equipos, favoreciendo el sobrecalentamiento. En escenarios más críticos, la presencia de materiales inflamables incrementa el riesgo de incendio, comprometiendo tanto la seguridad de la instalación como su continuidad operativa.
Finalmente, la presencia de nidos puede convertirse en un foco de atracción para otras plagas que agravan el problema. Ácaros, garrapatas y roedores pueden instalarse en estos espacios, no sólo incrementando el deterioro de la infraestructura, sino también generando riesgos sanitarios.
La relación entre paneles solares y aves no admite respuestas simples. Si bien la energía solar se consolida como una herramienta clave para enfrentar el cambio climático, su expansión también exige planificación, monitoreo y medidas que resguarden tanto el bienestar de la fauna como la durabilidad de las instalaciones.
El desafío no está en elegir entre desarrollo o conservación, sino en integrarlos. Una transición energética verdaderamente sostenible será aquella capaz de producir energía limpia sin perder de vista el equilibrio de los ecosistemas que la rodean.



