
La transición energética no puede avanzar dejando a algunos atrás ni repitiendo el paradigma de los combustibles fósiles.
La transición energética es uno de los cambios más profundos que enfrenta la economía global, con consecuencias directas en la vida cotidiana de las personas, en los territorios y en las comunidades. Electrificar el transporte, los hogares y la industria es una de las palancas más poderosas para reducir emisiones y mejorar la salud, el bienestar y las condiciones de desarrollo. Pero esta transformación no puede avanzar dejando a algunos atrás ni reproduciendo las lógicas del modelo que busca reemplazar.
Trabajar en este eje es necesario porque el acceso a energía limpia y asequible sigue siendo desigual, los costos y beneficios de la transición no se distribuyen de manera justa y los territorios tienen poca participación en decisiones que impactan directamente sus vidas. Sin intervención activa, la transición puede ser técnica pero no transformadora.
Acelerar la salida de los combustibles fósiles.
Ampliar el acceso a soluciones de electrificación limpia y distribuida, donde la energía se produce y se gestiona cerca de quienes la necesitan.
Generar evidencia que oriente decisiones estructurales del sector energético hacia una transición que integre equidad, acceso, resiliencia y bienestar.
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